Desde nuestro origen, los pueblos indígenas hemos considerado a la tierra algo sagrado. Ella nos da la vida y es el eje de nuestra cosmovisión, por lo que la respetamos y veneramos. Hemos heredado de nuestros abuelos una convivencia armoniosa con la naturaleza, lejos de pretender someterla como si fuéramos sus dueños.
Para nosotros, la madre tierra no es sólo una fuente de riqueza que nos da el maíz, es decir la vida. La tierra es también raíz de nuestra cultura. Ella contiene nuestra memoria, acoge a nuestros antepasados y requiere que la honremos y le devolvamos con respeto los bienes que nos brinda. Hay que cuidarla para que nuestros hijos sigan recibiendo sus beneficios.
Es importante recordarlo ahora, cuando se inicia el Decenio Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo (1995-2005), decretado el 10 de diciembre pasado por la ONU. En el marco de 10 años podremos considerar nuestra relación con la naturaleza; de establecer el equilibrio perdido por más de cinco siglos, y de volver a considerarnos parte integral de la tierra. Porque se han vulnerado todos los valores que originalmente poseían nuestros pueblos. Se ha hecho a un lado a la sociedad colectiva ante una sociedad individualizada y materializada, que todo lo convierte en mercancía.
Esta visión ha provocado irreparables daños al establecerse una producción que arrasa con la naturaleza y que arranca a los pueblos indígenas de sus lugares de origen.
Es sistemática la destrucción de los bosques, ríos, lagos y mares. Son sistemáticos los atentados a la vida y, nuestra tierra los ha sufrido como nunca en los últimos años.
Es urgente que todos los países del mundo impulsen políticas de desarrollo en armonía con la naturaleza. La sabiduría de los pueblos indígenas tiene mucho que aportar, a través de tecnologías que respeten el medio ambiente.
La comunidad no es un mito o un vestigio del pasado, está llena de vitalidad y tiene proyección, pues no es incongruente con el desarrollo. La sabiduría y la riqueza que emanan de la comunidad podrían contribuir a restaurar una verdadera esperanza de futuro.
A pesar de que la intolerancia cobra fuerza, es insostenible una sociedad que siga negando la diversidad étnica y cultural. Es inevitable que nuestras culturas milenarias participen en la toma de decisiones sobre el medio ambiente y el desarrollo justo e igualitario, basado en el respeto a la naturaleza, a los pueblos y a los hijos de la tierra. Quien entiende esta relación de armonía, exalta la lucha que se hace por la dignidad humana.
Rigoberta Menchú Tum
Premio Nobel de la Paz, 1992

1 comentarios:
Lo mejor es conservar el biente, lo peor mirarlo con indifrencia y el decaro de gente, que no quiere hacer la caga todo. eres única menchú. lo máximo.
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